Free Play Productions
Free Play Productions Stephen Nachmanovitch

12 de Marzo, 1999

Soy uno de los innumerables músicos que recibió la amistad y la ayuda de Yehudi Menuhin, quien falleció anoche. No solo fue un músico brillante, sino también un ser humano único y sorprendente.

Nos conocimos en un concierto hace alrededor de veinte años en Bay Area. Solo quería darle la mano a la leyenda viviente. Le dije que hacía conciertos de improvisación sólo con violín, viola y violín eléctrico. Me dijo: “Ven a mi cuarto de hotel mañana a la noche y toca para mí”. Pasé veinticuatro horas de terror extremo, practicando y caminando de atrás hacia delante. Cuando me presenté, me encontré no solo con un artista maestro que alentaba mis exploraciones musicales, sino también con una persona curiosa y juguetona. Enseñaba con modestamente sutiles pero poderosas pistas y sugerencias de nuevas ideas y técnicas que podría probar. Pasamos horas hablando de música, política, psicología, literatura y tuve el placer de continuar esa conversación en muchas otras ocasiones.

Durante los años que siguieron, ocasionalmente ocasionalmente di clases en su escuela en Inglaterra, y encontré un grupo de jóvenes que, como Yehudi, eran personas con una educación amplia, seres humanos felices tanto como músicos dotados. Las presiones sobre la juventud talentosa de volverse competitivos y obsesivos a expensas de otras dimensiones de su humanidad son inmensas. Cada uno era alentado a desarrollarse en su propia dirección, y a nutrir su talento como algo precioso y único.

Recuerdo una historia que me contó con horror y admiración nuestro amigo en común, el vendedor de violines de New York Jacques Francais. Vio una vez a Yehudi paseando por el andén de una estación de tren italiana. Yehudi tenía un estuche de violín doble que contenía un Strad (Stradivarius) y un Guarnieri – en el mercado de hoy el valor de cuatro o cinco millones de dólares en violines- ¡balanceado sobre su cabeza! Yehudi era un hombre pequeño, ligero, que estaba constantemente practicando yoga, que veía las disciplinas espirituales del cuerpo como un componente esencial de ser un músico. La música, por supuesto, es tanto un deporte físico como uno espiritual. Su yoga de violín era un signo de su maestría y confianza; era una persona bendecida con una gracia espectacular, una inteligencia espectacular, voluntad para probar cosas nuevas, voluntad para explorar y estirarse. Defendió el trabajo de compositores vivos. Fue Menuhin junto con los Beatles quien ayudó a traer la música India a occidente en la década del ´60.

En los debates de nuestro país sobre política pública, tendemos a pensar en las artes como una mera decoración o adorno, una especie de cobertura en la torta de la vida. Pero esto no es así. La necesidad de expresión espiritual es básica para la existencia humana, como la necesidad de comer y la necesidad de aprender. Las artes, ya sean clásicas o experimentales, de nuestra cultura o de otras, proveen una nutrición esencial sin la cual no estamos viviendo, sino apenas sobreviviendo. Yehudi Menuhin trató de ayudar a la gente a crear y sostener esta nutrición en cada modo que pudo. Menuhin, como el gran cellista Pablo Casals, creía que la música no era simplemente un ejercicio de talento para impresionar o incluso mover emocionalmente a una audiencia. La música puede ser una fuerza para hacer mejores seres humanos, una fuerza para a paz y la vida.

Distinto de mucha gente que es muy famosa, tenía la capacidad y voluntad de relacionarse con las personas sin levantar barreras. Podría tener solo un minuto de su tiempo precioso para ti, pero podía prestar una atención tan completa y considerada en ese minuto que algo significativo se podía revelar. Vine hacia él con una forma de arte inconvencional, sin credenciales en el mundo de la música oficial, y aún así estaba listo para darme apoyo y aliento que me sostuvieran. Y habíamos tantos de nosotros que le debíamos este tipo de deuda. Estas deudas, por supuesto, no pueden ser pagadas a la persona que nos ayudó. Deben ser pagadas hacia delante, a otros a quienes en nuestro turno podemos ayudar y alentar. De este modo el eterno ciclo de dones espirituales sigue rodando.

Traducción de Iván Belinky


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